lunes, 15 de septiembre de 2008

Oferta comercial

Una de las cosas que más me impresionan de las calles de la ciudad de Lima es su oferta comercial. Y no me refiero a sus tiendas o centros comerciales, sino a los vendedores ambulantes que inundan los cruces de sus calles y avenidas con la oferta más variada de productos. De todas las ciudades que he podido visitar, es Lima , sin lugar a dudas, la que posee la oferta comercial callejera más impresionante. Pongo por ejemplo el caso de mi ciudad natal, San Juan, donde la oferta vial no sobrepasa el periódico diario, botellas de agua para combatir los efectos del inclemente sol, algunas frutas como plátanos y aguacates (paltas), cajas de donas y los chocolates de los Hogares Crea (un centro de rehabilitación de drogadictos). En Lima la cosa es muy diferente y hasta sorprendente. En un cruce normal de la Avenida Javier Prado −una de sus vías más importantes de esta ciudad − puede uno comprar desde juegos de monopolio, mapas del Perú, rompecabezas de Sesame Street, abanicos españoles, rosas, gafas de sol, libros, cds y dvds piratas, estuches para celulares, sombreros sombrillas, espejos retrovisores de carros, hasta una horrible rata de hule de tamaño natural cuyo vendedor promociona como el mejor regalo para una suegra. Ya sé lo que se están preguntando. No, no compré la rata.

domingo, 27 de julio de 2008

Orgullo nacional


Hoy día Lima parece un mar de banderas rojas y blancas. Y por favor no se asusten mis lectores puertorriqueños que no se trata de una concentración del Partido Popular Democrático. El 28 de julio se conmemora la independencia del Perú, y los limeños abanderan sus casas y portan escarapelas rojas y blancas en sus ropas como muestra de orgullo nacional. Mis amigos peruanos dan este fenómeno por sentando y hasta les parece un poco chabacano y chauvinista. Yo no puedo. Hijo de un país que celebra la independencia de los Estados Unidos, donde más del 90% de sus habitantes prefiere mantener una relación dependiente (en todos los niveles) con la nación norteamericana y que casi la mitad de sus votantes aspira a que la isla se convierta en estado de un imperio desacreditado y en franca decadencia, tales muestras de afirmación nacional no pueden menos que impresionarme. Orgullo nacional. Una frase tan corta, pero tan significativa. Y no es que un sector considerable de los puertorriqueños no lo tenga, pero que mucho ruido hacen lo que los desconocen. Que vergonzosa caterva de energúmenos que se arropan con la bandera ajena pretendiendo ser lo que no son, que desprecian su propia historia y borrachos de placer deliran ante un himno cuya letra no comprenden. Hace mucho tiempo, uno de ellos me dijo que si quería independencia me mudara a una república. Eso hice.
Lima, 27 de julio de 2008

lunes, 31 de marzo de 2008

Para la inmensa mayoría de mis compatriotas puertorriqueños, viajar en taxi es un lujo asociado a los miles de turistas que acuden a nuestra islita en busca de un poco de calor. En Lima, por el contrario, viajar en taxi es algo común.
Para mí, un viaje en taxi limeño es, por lo general, un reencuentro con la música de mi niñez. Esto es así gracias a que la mayoría de los taxistas limeños con los que me he tropezado, no sólo son salseros, sino también devotos del gran sonero puertorriqueño Héctor Lavoe. ¡Gloria a Dios! De ahí que la mayoría de mis viajes en taxis tengan de fondo musical las canciones de mi niñez: Che Che Cole, Aguanile, Abuelita, etc. Intrigados por mi acento y conocimiento de la discografía del Cantante, algunos taxistas no resisten preguntarme “qué de dónde vengo”, qué de dónde soy. “Del paraíso de dulzura” , les respondo, e inmediatamente se desarrolla una especie de camaradería salsera que abre las puertas a las preguntas y los comentarios en torno a la figura del “Jector”: ¿Se cayó o se tiró del balcón del Hotel Caribe Hilton? ¿Todavía lo recuerdan los puertorriqueños? ¿Qué le pareció la película de Marc Anthony? ¿Cuál es su canción favorita? Por lo general, me sugieren no perderme el festival salsero del Callao, donde según me cuentan, Lavoe es muy popular. Una vez llegado a mi destino y pagado por sus servicios, el taxista se despide efusivamente deseándome la mayor de las suertes.
Desafortunadamente, hay un fenómeno creciente que pone en peligro mis reencuentros con la salsa vieja, con la salsa dura: el taxista reguetonero. Viajar en un taxi limeño acompañado de Daddy Yankee, El Father, Wisín o Yandel no me resulta una experiencia atractiva, pues aunque debo confesar haber sucumbido ante las letras y los ritmos de Calle 13, no considero al reguetón uno de los productos “puertorriqueños” del cual deba sentirme orgulloso. Prefiero el trombón de Willie , el piano de Papo o las congas de mi primo Ray . Hasta la próxima, que me voy pa´Katanga.

martes, 8 de enero de 2008

6 de enero de 2008

Mañana cumplo cinco meses de vivir en esta ciudad, lo que amerita una breve reflexión. Antes de mudarme acá, Lima era un lugar a donde venía una vez al año a comer rico, ver a los amigos y disfrutar de la compañía de mi familia política. Sin mayores preocupaciones, mis típicas dos semanas limeñas eran un justo descanso que me permitía enfrentar la segundad mitad del año con energías renovadas. Vivir en Lima ha sido otro cantar. Y no es que mis cinco meses acá hayan sido un desastre, pero sí he vivido experiencias nuevas, excitantes y frustrantes. Para comenzar, a los ochos días de mi llegada tembló la tierra, pero no uno de esos temblorcitos que de vez en cuando sacuden a Puerto Rico y que son avisos de lo que le depara el futuro a la isla. No, esta vez fueron cuatro largos e intensos minutos en que la naturaleza me recordó mi insignificancia. Un bautizo telúrico. Nunca podré olvidar la emoción de transitar por Lima tras el terremoto y descubrir, con asombro y alivio, que la ciudad se había escapado esta vez de la catástrofe. Otros, desafortunadamente, no corrieron con tanta suerte. Tras el terremoto me embarqué en la tarea de corregir mi situación migratoria, cosa de poner ganarme las habichuelas honradamente. Para ello fue necesario invertir gran parte de los últimos cuatro meses en una lucha cuerpo a cuerpo con el Estado peruano. Lucha en desventaja que provocó un re-casamiento comunitario (poco más de 170 parejas), un casi interminable ir y venir a diversas dependencias gubernamentales (especialmente a la RENIEC y la oficina de Migraciones), un inolvidable viaje de un día a la ciudades de Tacna y Arica (Chile) a “recoger” mi visa de casado con peruana, e innumerables frustraciones y dolores de cabeza. De ahí que de vez en cuando me sorprendo observando con orgullo mi carné de extranjero residente en el Perú, símbolo palpable de una lucha que dejo algunas cicatrices y bastante desazón. Pero no todo fueron terremotos y burócratas limeños. Estos meses me han servido para descubrir otra Lima, llena de flores, con algún rayo de sol y un poco de calor que reconforte mis ansias caribeñas. Una Lima de sirenas de ambulancias, de edificios en construcción por todos lados, de cien marcas diferentes de panetón (un bizcocho navideño de influencia italiana con pasas y frutas secas). Una Lima de cobradores de combis (pisicorres) a los que no les entiendo una palabra, de taxistas salseros con los que canto a dúo, de electricistas que hablan en susurros, de empleadas domésticas sentimentales que cocinan rico. En fin, una ciudad encantadoramente humana. ¿Qué me depararán los próximos cinco meses?