martes, 8 de enero de 2008

6 de enero de 2008

Mañana cumplo cinco meses de vivir en esta ciudad, lo que amerita una breve reflexión. Antes de mudarme acá, Lima era un lugar a donde venía una vez al año a comer rico, ver a los amigos y disfrutar de la compañía de mi familia política. Sin mayores preocupaciones, mis típicas dos semanas limeñas eran un justo descanso que me permitía enfrentar la segundad mitad del año con energías renovadas. Vivir en Lima ha sido otro cantar. Y no es que mis cinco meses acá hayan sido un desastre, pero sí he vivido experiencias nuevas, excitantes y frustrantes. Para comenzar, a los ochos días de mi llegada tembló la tierra, pero no uno de esos temblorcitos que de vez en cuando sacuden a Puerto Rico y que son avisos de lo que le depara el futuro a la isla. No, esta vez fueron cuatro largos e intensos minutos en que la naturaleza me recordó mi insignificancia. Un bautizo telúrico. Nunca podré olvidar la emoción de transitar por Lima tras el terremoto y descubrir, con asombro y alivio, que la ciudad se había escapado esta vez de la catástrofe. Otros, desafortunadamente, no corrieron con tanta suerte. Tras el terremoto me embarqué en la tarea de corregir mi situación migratoria, cosa de poner ganarme las habichuelas honradamente. Para ello fue necesario invertir gran parte de los últimos cuatro meses en una lucha cuerpo a cuerpo con el Estado peruano. Lucha en desventaja que provocó un re-casamiento comunitario (poco más de 170 parejas), un casi interminable ir y venir a diversas dependencias gubernamentales (especialmente a la RENIEC y la oficina de Migraciones), un inolvidable viaje de un día a la ciudades de Tacna y Arica (Chile) a “recoger” mi visa de casado con peruana, e innumerables frustraciones y dolores de cabeza. De ahí que de vez en cuando me sorprendo observando con orgullo mi carné de extranjero residente en el Perú, símbolo palpable de una lucha que dejo algunas cicatrices y bastante desazón. Pero no todo fueron terremotos y burócratas limeños. Estos meses me han servido para descubrir otra Lima, llena de flores, con algún rayo de sol y un poco de calor que reconforte mis ansias caribeñas. Una Lima de sirenas de ambulancias, de edificios en construcción por todos lados, de cien marcas diferentes de panetón (un bizcocho navideño de influencia italiana con pasas y frutas secas). Una Lima de cobradores de combis (pisicorres) a los que no les entiendo una palabra, de taxistas salseros con los que canto a dúo, de electricistas que hablan en susurros, de empleadas domésticas sentimentales que cocinan rico. En fin, una ciudad encantadoramente humana. ¿Qué me depararán los próximos cinco meses?

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Lima es capricornio, darling, cual marido-bulto hay que empujarla para que avance pero salvo ese pequeñísimo detalle es encantadora. Sólo hay que aprender a quererla con su olor a pixi, su combi, su chichez pero también con su historia maravillosa y que tienes ahí, cerquita, por donde pasas. Oficialmente bienvenido y que la disfrutes.

Noel Allende Goitía dijo...

¡Ha! las vicisitudes de un puertorriqueño cosmopolita. Me imagino que Hosotos y Belvis pensarían lo mismo pero que no tenía la vía de desahogo del blog cibernético. Me alegra saber que estás vivo y coleando. Como bien recordarás el dicho, una cosa es llamar al diablo y otra verlo venir. Personalmente, prefiero verlo venir: Lima será una linda aventura en cualquier momento. Bienvenido a la puertorriqueñidad trashumante. Recuerdos y abrazos desde las latitudes caribeñas. Tu hermano Noel Allende

Anónimo dijo...

Caro Norberto:

Qué chévere leerte por aquí y este tema tan interesante. Me tienta asaz escribir algo así desde el otro lado: ahora soy un peruano con 7 años en San Juan, que cada vez es más de aquí y menos de allá y cada vez, también, menos de aquí y más de allá. Una paradoja -a veces deliciosa, a veces dolorosa- dentro de la cual giran todas mis euforias y nostalgias.

Por lo pronto, han aparecido más lugares en donde comerse un buen ceviche aquí en SJ; también creo haber sentido una garúa vespertina, ¿sería el cielo de Caguas o sería yo el que estaba garuando?

Salud,

Isaac